Por Leonel G. Avila
A medida que los años pasan, la Guerra de Malvinas se convierte en un hecho histórico que pareciera cada vez más lejano, e incluso en cierto punto un tema trillado frente a la gran cantidad de cosas que se han dicho al respecto. Sin embargo, la herida sigue abierta, no solo por la necesidad permanente de mantener el reclamo por la soberanía de las islas, sino también por los héroes que todavía pueden darnos testimonio de lo ocurrido, en cuyos ojos se nota el esfuerzo por no quebrarse, o a veces brotan las lágrimas frente a los recuerdos que vuelven a su cabeza; es que, para ellos, la guerra sigue allí, como un bucle al que permanentemente vuelven a entrar y del que todos debemos aprender…
En Bragado, como en prácticamente todos los rincones del país, tenemos ejemplos de personas a las que les tocó vivir esa dura experiencia, e incluso hubo otros que ya no están entre nosotros, pero cuyos recuerdos de lo sucedido los acompañaron hasta el final de sus vidas. Afortunadamente, tuve la dicha de poder hablar con ellos y reflejarlo años atrás en un documental que realicé para la Municipalidad de Bragado, mientras que hoy creo oportuno volver a contarlo a través de un texto, quizás como una forma de multiplicar su voz y traducirlo al formato escrito. También como una manera de mantener viva la memoria de Marcelo Polizzi y José Ramón Arrigoni, fallecidos hace poco.
VIAJE AL HORROR
Solo uno de todos los Veteranos de Guerra que accedieron a hablar conmigo, llegó a Malvinas realmente incentivado por la causa y por su interés militar: su nombre es Jorge Zanela (oriundo de O´Brien), quien en 1982 integraba por decisión propia el Grupo de Artillería Paracaidista 4. Todos los demás (Pablo Godoy, Marcelo Polizzi y José Ramón Arrigoni), fueron obligados tras estar cumpliendo la colimba en ese momento, e incluso Julio Disanti la había terminado en diciembre del ´81 pero lo llamaron igual. En síntesis, eran pibes que mayormente no superaban los 18 o 19 años.
Solo alcanza con ver el caso de Pablo Godoy para entender las decisiones prácticamente suicidas que tomaban los altos mandos militares: “en febrero de 1982 empecé la colimba y en abril ya estaba en Malvinas”, contó el bragadense. ¿Realmente alguien puede estar preparado para participar en un conflicto armado con apenas dos meses de servicio militar obligatorio? La respuesta es evidente, pero tanto Pablo como el resto de los ex combatientes lo confirmaron: No.
“Al mortero y al cañón lo habíamos visto porque estaban en el Regimiento, pero nunca habíamos tirado; una sola vez nos llevaron a hacer tiro con fusil, y nunca más”, contó Disanti respecto a su experiencia, mientras que “Richard” Arrigoni mencionó algo similar respecto de cómo había sido la totalidad de su formación: “tiré cinco tiros con bala de fuego y cinco con balas en serio”.
Algunos ni siquiera habían escuchado nunca hablar de las Malvinas, como Pablo, u otros apenas las habían sentido nombrar en la escuela, por lo que al momento de enterarse que Argentina las había recuperado, no dimensionaban lo que podría venir después… Es más, hubo casos en los que no se enteraron que los estaban llevando a una guerra hasta que efectivamente se toparon con tener que sobrevivir.
UNA CAUSA JUSTA, EMBARRADA POR EL RÉGIMEN MILITAR
Cuesta imaginar que una simple noticia que escucharon los bragadenses en la radio o en altoparlantes, cambiaría sus vidas por completo. En el caso de “Richard”, el 2 de abril los hicieron vestir de gala, mientras que a Polizzi le cancelaron el franco que tenía previsto y debió prepararse para viajar en el Portaaviones ARA 25 de Mayo. En cuanto a Disanti, aquel día volvía de su trabajo en Capital Federal y se topó con la Plaza de Mayo repleta de gente, y hasta él mismo se sumó a la euforia popular sin saber que luego irían a buscarlo.
Zanela recordó que en ese entonces “había un gobierno militar que estaba a punto de irse, que estaba jaqueado por todos lados”. Frente a ello, la recuperación de las Malvinas le sirvió de excusa para intentar perpetuarse, obteniendo el acompañamiento de gran parte de la población, ya que se encegueció en los discursos triunfalistas y no midió las consecuencias: “apareció una causa común, única, que debe ser una de las pocas que unen a todos, sin distinción de ideologías, por lo que pensamos en dar un apoyo total”, dijo el obriense, y agregó: “sentí alegría, estaba convencido de la causa y en ese momento nadie esperaba que iba a terminar en una guerra”.
Aquella frase de Leopoldo Galtieri (presidente de facto) arengando “si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla”, era visto en Argentina como una simple frase exultante, ya que en realidad el gobierno de facto esperaba obtener una victoria por las vías diplomáticas, e incluso los propios vetarnos cuentan que los primeros 20 días de recuperación de las islas se vivieron con tranquilidad.
A “Richard” le tocó estar en el ARA General Belgrano, donde inicialmente mataban el tiempo jugando a las cartas o haciendo chistes; solo a la noche notaban cierta tensión cuando el crucero apagaba las luces para no ser visto. Tanto él, como Polizzi (en el ARA 25 de Mayo) tenían funciones asignadas, pero hasta ese momento todo parecía rutina.
Algo similar sucedió en las Malvinas, ya que los soldados realizaban unas pocas prácticas militares a modo de prevención y el domingo dedicaban tiempo para ir a misa. “Primero hicimos una carpita que habíamos llevado para 2 personas, y a los 8 o 10 metros teníamos que hacer un ´pozo de zorro´ con pico y pala de más de un metro de profundidad”, contó Disanti, remarcando que “estuvimos unos días con eso porque el piso de Malvinas tiene mucha piedra; todo lo que íbamos sacando lo fuimos poniendo alrededor del pozo, y en la parte de arriba conseguimos una tabla que, para camuflarla, la llenamos de tierra y pasto”.
MALVINAS
Godoy contó que “el pueblito -en alusión a Puerto Argentino- era parecido a Mechita, todas casas de madera, casi deshabitado… A la gente se la habían llevado, ya que solo había algunas personas en el Correo, en un almacén y recuerdo que una casa tenía escrito en el portón ´aquí vive una mujer argentina´”. Aclaró que no tenían permitido hablar con los kelpers, cosa en la que también coincidió Zanela: “en Puerto Argentino teníamos prohibido tomar contacto con la población civil”. En cuanto a Polizzi, debió contentarse con ver las Malvinas desde la distancia a través de prismáticos, mientras que Arrigoni no llegó a acercarse nunca.
Disanti recordó que “nosotros no teníamos ropa térmica ni nada, el frío se te subía por las piernas hasta las rodillas, por lo que caminabas y no las sentías… era tremendo”. También contó que “Malvinas tiene un piso muy húmedo… entonces yo me envolvía los pies con papel higiénico para aislar un poco el frío”. En cuanto a Godoy, relató que “nos pegámos los cuerpos uno con otro para darnos calor porque de noche no se podía prender fuego, tampoco fumar un cigarrillo, ni nada”.
CUANDO LA TRANQUILIDAD SE CONVIRTIÓ EN CAOS
Zanela mencionó que su Unidad llegó a las islas Malvinas a fines de abril, justo cuando hubo un quiebre en el estado de ánimo y actividad de las fuerzas argentinas: “era un caos porque se sabía que la flota venía”, dijo. Manifestó haberse sorprendido porque “había aviones que bajaban, equipos que llegaban, gente que se movía”, e indicó que “a partir del ataque del 1° de mayo se sabía que no era joda, que era una realidad”; “el primer bombardeo fue a las cuatro de la mañana mientras estábamos durmiendo”, recordó.
Por su parte, Pablo Godoy explicó que “el 1° de mayo nos cambió la vida cuando empezaron a gritar ´alerta roja´ y nosotros no sabíamos lo que era, y después nos enteramos…”. “Escuchabas el ruido de los aviones, que venían largando bombas y veías que tiraban para arriba con las antiaéreas… Se nos terminó el mundo”.
EL GRAN GOLPE
Muchos son los libros de historia que refieren al hundimiento del ARA General Belgrano como un momento bisagra en la guerra. Sin embargo, difícilmente haya alguno que pueda transmitir como “Richard” Arrigoni la desesperación y temor que sintió su tripulación al ver que semejante mole se hundía en pocos minutos y su vida corría riesgo. Él fue uno de los que estuvo en el barco, con el agravante de que no sabía nadar y al momento del hecho tampoco tenía salvavidas.
“Cuando voy a cubierta principal siento un sacudón fuerte y una explosión tremenda, y a los dos minutos lo mismo, otro sacudón y otra explosión”, dijo Arrigoni sobre el momento en que el barco fue torpedeado por un submarino británico fuera de la zona de exclusión. “Ahí empezó un griterío tremendo, no se sabía qué pasaba, se iba prendiendo fuego todo adentro y los del puesto de comando dijeron con un megáfono ‘quédense tranquilos, fuimos torpedeados´”, relató.
¿Tranquilos? Obviamente nadie cumplió, ya que el instinto de supervivencia de activó en muchos, mientras que otros se vieron paralizados por el terror. “Con casi 19 años lloraba porque no sabía dónde estábamos parados, me desmayé y me volví a parar, me pude apagar el pelo que se me estaba quemando y fui esquivando bultos, que no sé si era gente muerta o inconsciente”, contó el bragadense cuando lo entrevisté. Recordó que “en un momento me quedé boca abajo y se me puso la cara de mi mamá y pensé: ´me voy con mamá´, y ahí me quedé desmayado”, pero “el Teniente Ochoa me dio vuelta con una linterna y me sopapeó; vio que respiraba y me dijo: ´levántese que usted no tiene nada´”.
Arrigoni remarcó que “yo no sabía nadar y le tenía miedo al agua; la balsa estaba atada a un cabo y se movía para todos lados, entonces la tenías que agarrar, tirarte y tratar de caer ahí”. Durante algunos segundos, se vio desbordado por el temor y no se animaba a saltar, pero las palabras de un Guardia de Marina lo obligaron a decidirse rápido: “Arrigoni, lárguese o lo dejamos”, le dijo y empezó a contar “3, 2…”, mientras con una navaja se aprontaba a cortar la cuerda. ¿Qué hizo “Richard”? “Cuando dijo ´dos´, me tiré”, recordó.
Pero el peligro no terminó allí, sino que siguió durante los dos días que estuvieron en la balsa: “no era que navegaba normal, se levantaba 8 o 9 metros para arriba y si se daba vuelta no contábamos el cuento”, manifestó. Sostuvo que “continuamente estábamos vomitando lo que comíamos, (…) y si alguno entraba en pánico había que dormirlo de una piña”. El Comandante los hacía cantar para pasar el tiempo y pensar en otra cosa, pero no era fácil…
DÍAS CADA VEZ MÁS DIFÍCILES
Polizzi indicó que “cuando nos anunciaron que habían hundido al crucero, ahí nos dimos cuenta de la gravedad del asunto”; ¡no era para menos! Él iba en el ARA 25 de Mayo y corría el mismo peligro. En cuanto a Disanti, contó que “el 2 de mayo que hundieron el Belgrano fue un impacto importante porque a partir de ese día no bajó más ningún avión -a as islas-, ni vino más nada; nos dijeron que iban a hacer un recambio de soldados y fue todo mentira”.
En esa línea, Godoy indicó que “después del 1° mayo empezó todo el problema de la alimentación, porque al no llegar los aviones, se cortaron las raciones y cada vez nos daban menos”, cosa que puede complementarse con lo que dijo Disanti: “hacían la comida una vez al día, y era medio a las escondidas porque la cocina del rancho hacía mucho humo y si te detectaban te bombardeaban”. Zanela, por su parte, recordó: “uno comía lo que podía y como se podía; al principio no había problemas de comida, pero sí para cocerla porque nuestras cocinas eran todas a leña y no había leña; (…) ya sobre el final, empezamos a comer una sola ración caliente por día, e imaginate que para una temperatura extrema son pocas calorías… era complicado, todos bajamos muchos kilos”.
LUCHAR CONTRA UNA POTENCIA MILITAR
Es digno de destacar el heroísmo que demostraron nuestros soldados al enfrentarse a los británicos con lo poco que tenían y en un estado de indefensión abismal. Julio Disanti explicó que “ellos hicieron una estrategia de desgaste desde el 1° de mayo hasta el 11 en que nos replegamos nosotros. (…) Durante el día, los aviones iban y surcaban la posición de los soldados argentinos… por ahí te hacían vuelo rasante de 50 metros y te tiraban con la ametralladora, o por ahí pasaban a 50, 100 o 200 metros y te tiraban una bomba, por lo que en todo momento estábamos preparados para entrar en combate, sin poder descansar, ni comer”.
Agregó que “nosotros teníamos una sirena que te anunciaba el alerta; si venía un avión era ´alerta roja´, pero no sabías desde dónde, o sea que nos enterábamos cuando los teníamos arriba nuestro bombardeándonos”. También resulta clarificador la explicación sobre el armamento: “ellos nos bombardeaban desde un kilómetro y nosotros no teníamos cómo tirarles porque había un fusil con un tiro efectivo de 250 metros, entonces no lo podíamos usar; lo único que había era un cañón grande que estaba en Puerto Argentino, que estaba continuamente tirando”.
En el caso de Godoy, la indefensión era mayor, ya que llegó como chofer de un camión con equipo de radio, o sea que dependía exclusivamente de lo que hicieran los soldados: “era rezar que no te cayera nada cuando bombardeaban”, sostuvo, y narró que “temblaba todo porque los aviones pasaban a la altura del techo”. Además, contó que “la mayoría de las noches estábamos en ´alerta gris´, que era cuando te bombardeaban los barcos” y mencionó el caso de un compañero en que fue herido por las esquirlas.
LA RENDICIÓN
De los ex combatientes consultados, todos coincidieron en que Argentina no estaba en condiciones de ganar la guerra, y fue efectivamente lo que sucedió. Zanela comentó que su rendición fue antes, ya que “nos llevaron a Darwin el 26 de mayo y el 28 ocurrió el ataque inglés, que fue uno de los más importantes de la guerra; (…) luego de haber combatido dos días seguidos y estar casi sin municiones de artillería, en la noche se produjo un alto al fuego, se hizo un pacto entre los dos jefes militares, el argentino y el inglés, y al día siguiente fue la rendición; (…) hubo una formación militar en la que el jefe argentino le entregó el mando al inglés, se bajó la bandera de Argentina y se subió la inglesa en Darwin”.
Distinta fue la situación de Disanti, cuyo grupo comenzó a replegarse el 11 de abril: “esa parte se llenó de barcos ingleses, se empezaron a bajar y nosotros estábamos en galpones, por lo que nos tomaron como prisioneros de guerra; nos sacaron todos los fusiles y los cascos, y nos hicieron formar en fila”, dijo; mientras que Godoy continuó en su puesto hasta el final de la guerra: “los últimos días los ingleses se acercaban cada vez más, entonces los muchachos -argentinos- que estaban en primera línea ya empezaban a aparecer en la ciudad”. Pablo recordó que “el 13 de junio empezaron a bombardear continuamente y terminó el 14; en un momento no se escucharon más ruidos y después nos enteramos que fue la rendición… vinieron los helicópteros y camiones a los alrededores de la ciudad y empezaron a caer los primeros ingleses”.
Lo que siguieron fueron días de sensaciones encontradas. La frustración por perder la guerra se entremezcló con un alivio por el retorno de la tranquilidad, sumado al deseo de volver a sus hogares y los pequeños gestos de buen trato que tuvieron los ingleses con algunos de los soldados argentinos. Los trasladaron en el Canberra y le entregaron un cigarrillo junto a la comida, e incluso les permitieron bañarse, algo muy esperado por ellos ya que no lo habían podido hacer durante toda su presencia en Malvinas. La excepción fue Zanela, ya que integró el grupo de “Los 12 del Patíbulo”, permaneciendo como prisionero mucho más tiempo (hasta el mes de julio) y viviendo situaciones de hacinamiento.
“FUE UNA LOCURA”
Lejos de ser una etapa cerrada, la guerra de Malvinas sigue siendo motivo de sufrimiento para muchos veteranos, mientras que otros han logrado canalizarlo de alguna manera, pero el recuerdo en ellos siempre está. Polizzi (hoy fallecido) describió lo sucedido como una “locura”, mientras que Arrigoni murió hace poco recordando en cada oportunidad que tenía su bronca hacia Galtieri y Thatcher. En cuanto a Disanti, dijo haber aprendido a vivir de otra forma, con lo simple; mientras que Godoy lucha contra los pensamientos rumiantes que atormentan su cabeza, coincidiendo con Zanela que la guerra les cambió la vida.
Las generaciones actuales tuvimos y tenemos la ventaja de poder escucharlos para aprender sobre lo sucedido. El desafío es que también sirva para las generaciones futuras y que la historia no vuelva a repetirse…